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Era el Mundial de México 86, un templo ardiente a casi dos kilómetros sobre el mar.
Argentina e Inglaterra, aún con heridas políticas abiertas, se medían en un duelo que trascendía al fútbol.
El balón flotó como enviado desde lo alto.
Maradona saltó, pequeño ante los gigantes, y tocó la pelota con una parte del cuerpo que jamás debió intervenir.
El mundo se detuvo medio segundo, y luego explotó en incredulidad y risa, en rabia y reverencia.
El festejo, brazos abiertos hacia el cielo, confirmó lo que todos sospechaban:
no era un gol humano… pero tampoco uno que se pudiera negar.
La Mano de Dios simboliza la eterna dualidad del fútbol:
la viveza criolla y la ingenuidad británica,
lo sagrado y lo travieso,
lo perfecto y lo imperfecto.
En este versículo se entiende que el fútbol no es un templo de pureza, sino un reflejo del alma humana.
Aquel gol sigue discutiéndose décadas después.
Los niños lo imitan en patios de colegio, los historiadores lo analizan, los rivales lo sufren.
Es el evento más citado, debatido y reinterpretado de la historia del juego.
Es, simplemente, un capítulo que supera al fútbol mismo.
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